miércoles, 19 de octubre de 2016

AFIRMACIONES INCORRECTAS SOBRE EL JUDAÍSMO Y EL SIONISMO

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1.- “LOS JUDÍOS SON UNA RAZA”
– Falso. Los judíos no han sido ni serán jamás una raza definida. La llamada

“raza” del judío es un mito difundido por los propios rabinatos del judaísmo, bajo la convicción fantástica de ser un pueblo con características raciales claras y distintivas, que gozaría de ciertos privilegios ante la omnipotencia de Jehová, un dios hecho a medida de la megalomanía judaica. Entre los sectores menos fanáticos del judaísmo, sin embargo, la tendencia es autodefinirse más bien como una “religión”, eludiendo así cualquier diferenciación étnica que pudiese sonar poco conciliadora.

El concepto de “pueblo” es mucho más apropiado para los judíos. Y menos que pueblo, podríamos hablar incluso a penas de “comunidad”, pero determinada por ciertas tendencias genéticas y arquetípicas tan fuertes y dominantes que muchos incautos, confundidos, creen encontrarse frente a una auténtica y milenaria raza humana.
Vamos viendo: la nariz prominente de los judíos, la boca de labios gruesos, el cráneo de forma acrocefálica, etc., son características que, por su constancia entre los grupos definidos como inconfundiblemente judíos, han sido tomadas como detalles definitivos para distinguir en ellos algún rasgo de “raza” propia.
Esto es un gravísimo error que los antropólogos contemporáneos reconocen sólo en pasillos. Las características “étnicas” de los judíos son, en verdad, elementos físicos que han ido recolectando por los siglos a causa de los miles de cruzamientos y fusiones que han hecho con otras culturas superiores a lo largo de su historia. La famosa nariz judía proviene de lejanos pueblos indoeuropeos, como hititas y mediterráneos antiguos, que emigraron al oriente en tiempos remotos. Es por esto que semeja un poco a la nariz de los italianos, a pesar de ser pueblos tan distintos. La prominencia de esta nariz también está motivada por el fuerte elemento semítico-armenoide (Arménido) de la sangre judía, especialmente por la nuca plana, los ojos juntos y las cejas con tendencia a unirse al medio del entrecejo. Las orejas abiertas, la tendencia al bello abundante en el cuerpo y todos los demás detalles “raciales” de los judíos son, en definitiva, un resumen de las características de otras razas con las cuales se han ido mezclando sistemáticamente, aunque en períodos definidos. Pero estas características no son estrictas, insistimos: Karl Marx, siendo un ashkenazi, tenía una pequeña nariz asomada sobre el bigote, y el famoso millonario Rockefeller lucía unos finos labios a penas visibles. Estas variaciones son cosa frecuente y para nada sorprendentes.
Demás está recordar la existencia de grupos judíos que ni siquiera mantienen relación entre sí a nivel étnico, como los judíos “tiaou-ku-kiau” de la China, los “falashas” de Etiopía y los “bnei-Israel” de la India, todos ellos con las mismas características raciales propias de las comunidades locales. Aun así, la pretendida “racialidad” de los judíos, sean europeos, africanos o mediorientales, está en realidad en la parte más oscura de sus cromosomas, en el llamado “gen de Aarón” que ha sido identificado por los propios investigadores israelíes comparando el registro genético de los judíos de Israel con los de algunas comunidades falashas, de fenotipo innegablemente negroide. Esta reserva genética es cuidadosamente mantenida por las castas rabínicas del judaísmo, controlando con estrictez su reproducción y sus cruzamientos con otras mujeres judías, mientras que a los grupos inferiores del judaísmo, o sea, el judío promedio, se le facilita más el mestizaje con otros grupos no judíos. En otras palabras, los judíos, a pesar de no ser una raza, están definidos por características genéticas sumamente dominantes y que les permiten sentirse representados y pertenecidos en una comunidad y un pueblo en realidad sumamente cosmopolita. De algún modo, son una “raza simulada”, mantenida como tal artificialmente.
Podríamos decir incluso que, siendo tal la cantidad de mezclas que el judío ha experimentado en aproximadamente tres mil años, el judaísmo es el arquetipo de la impureza racial. No sólo son un pueblo que se ha logrado mantener y existir por más lo que la historia le ha permitido a cualquier otra comunidad con menos de la mitad del mestizaje que ellos arrastran, sino que, además, se trata de uno de los primeros grupos de la historia post-diluviana en adquirir conciencia de “pueblo” y manejarse en esos términos. El judío no es, por lo tanto, representante de una raza, sino de lo contrario: de una “antirraza”, una “no-raza”. Aun así resulta extremadamente difícil no poder referirse a ellos como “raza”.
2.- “LOS JUDÍOS SON DESCENDIENTES DE LOS HEBREOS”
– Esta es una de las afirmaciones más aberrantes que podrían formularse en nuestros tiempos, siendo su único sustento el mito bíblico, cada vez más dudoso y sospechosamente favorable a sus transcriptores.
Los hebreos son en realidad un lejano pueblo de origen en parte ario y con posteriores mezclas semíticas que se repartió por el Oriente en tiempos remotos.
Son los mismos que se establecieron en la India y el Tíbet hasta desaparecer con las comunidades locales. Sin embargo, por su número, en las tierras de Palestina y el Mar Muerto pudieron mantenerse con ciertas tranquilidades y más o menos puros por un tiempo considerable, conservando sus características raciales (nariz prominente, piel blanca, etc.) y religiosas (paganismo, fundamentos esotéricos, misticismo de origen

ario-hiperbórico, etc.). Su nombre, “hebreo”, parece provenir de “habiru”, que significa “gigante”, lo que los asocia evidentemente a un origen antediluviano. Su país mágico, “Israel”, es en realidad el nombre de tres runas o sílabas germánicas: “IS”, “RA” y “EL”. Los famosos Esenios del Mar Muerto parecen ser en realidad un grupo ario, con enormes parecidos a los posteriores Cátaros. Los cananeos eran adoradores de Baal, el Dios Buey, símil al Apis de la tradición egipcia. Este toro sagrado es, precisamente, el becerro de oro que Moisés condena castigando a todos los judíos que le rindieran culto, por lo que podemos ver que ni siquiera existe la posibilidad de comparar a judíos y hebreos a nivel de credo.

Tras la destrucción de su imperio, con la caída de sus reyes (si es que en realidad los tuvieron) y arrasada Judá por los babilonios, un grupo inferior de estos hebreos fue a parar a la ciudad de Babilonia en cautiverio. Allí, son asimilados en algún momento por una oscura y desconocida rama de pueblos semíticos de cuya historia nada se sabe hoy en día, pudiendo tratarse tal vez de alguna comunidad de esclavos provenientes aún de más al oriente. Todo registro de este extraño y siniestro pueblo ha sido escondido y hecho desaparecer. El punto es que, estando asimilados con los hebreos cautivos, la nueva “raza” que emerge de esta cruza fatal y tras el llamado “Pacto Renovado” de la Biblia, es un nuevo exponente del semitismo: el Judío. Al carecer de un historia propia, que justificase sus enormes pretensiones monoteístas y mesiánicas (formuladas durante este mismo período de cautiverio), los judíos se apropiaron de los rasgos históricos generales de los pueblos hebreos e inventaron una “línea directa” con ellos, especialmente a través de los relatos religiosos.
La definición étnica del judío está girando entre al menos tres grupos definidos y una serie de relaciones con otros grupos humanos, algunos ya desaparecidos. Al factor “racial” judío primario, de origen desconocido, debemos adicionar un porcentaje de hebreo, sirio y de pueblos semíticos fundidos en un caldo indescriptiblemente confuso. A ello, agréguese una gran parte de sangre armenoide que, si bien no tuvo una abundancia tan considerable si se la compara con otros cruzamientos, resultó fundamental para establecer ciertos distintivos y ciertas tendencias claras de aspecto físico y arquetípico para el judío. Por si esto fuera poco, acompáñese esta mezcla con las miles de fusiones “mosquitos” realizadas por individuos judíos en momentos de paz con pueblos dominantes, como asirios, persas y otros, en las llamadas “mezclas controladas” en las que el judío se permite el sacrificio de una parte de su sangre (o “anti-sangre” para establecer niveles de relaciones o acercamiento más fraternos con ciertos pueblos. Póngase toda esta mezcla abultada en una licuadora, revuélvase y el resultado final es el judío contemporáneo, en cierta medida con mucho parecido al judío de los tiempos bíblicos, al menos en su esencia.
Emparentarlo así, entonces, directamente con los hebreos es un disparate mayúsculo. Con los mismos argumentos podría establecerse perfectamente que el judío es de origen negroide, mongoloide, semítico, ario, eslavo, kamita o hicso.
Suponerlos como los “hebreos” de nuestros días es una falsedad más que un error de apreciación.
Este fraude es fácil de descubrir al ver cómo han sido en realidad las relaciones entre judíos y hebreos, especialmente con los samaritanos y los cananeos: guerras, genocidios, crímenes masivos, saqueos, etc. Zorobabel, el líder judío que surgió tras la “liberación” de los judíos del cautiverio en Babilonia por los persas y al que se le creyó incluso un “Mesías” auténtico, se negó a aceptar a los cananeos en su proyecto de refundación del imperio. A filo de espada pasó a muchos de los pueblos hebreos, tradicionalmente pacíficos y humanitarios. Ni siquiera aceptó su presencia en la reconstrucción del Templo de Salomón, que los cananeos consideraban suyo. También es decisiva la opinión del Talmud sobre los pueblos del Canaán, a los que considera en sus versículos como inferiores, distintos y sujetos a derechos menores que los del judío. La intolerancia monoteísta, el mesianismo fanático, la tradición talmúdica y una serie de distintivos de la religión judía fueron siempre absolutamente ajenos a los hebreos.
3.- “LOS JUDÍOS SON UNA RELIGIÓN”
– Este ha sido otro de los errores fomentados por los propios judíos, en este caso entre quienes han tenido la astucia de advertir que no se trata de una raza aunque, sin la suspicacia necesaria.
Repasemos: la fe judía, el credo general de la judería, es una línea religiosa hecha absolutamente “a medida” para el pueblo judío. Un Dios único, que los selecciona como su Pueblo Elegido y los perdona una y otra vez. Una estructura de leyes mosaicas complejas norman toda la vida del individuo y que van creciendo con el paso del tiempo. Una tradición basada en textos como el Talmud y la Torah para construir una fe propia, clara y esperanzadora. La pertenencia a este pueblo sería, entonces, en base a la disposición de un individuo de cualquier origen racial para identificarse y asumir estos y otros factores… ¡Falso!
Todos los relatos de la religión judía, todos los elementos de la tradición bíblico- talmúdica, son en realidad elementos religiosos apropiados de otras razas y pueblos, como parte de la histórica recolección que ha hecho el judío en su trabajo por fundar una historia propia y creíble. El monoteísmo de Jehová está copiado, de alguna manera, del dios todopoderoso Abraxas de los Persas; las historias de Adán y Eva, el Cielo y el Infierno, ángeles y demonios, etc., son claves tomadas de otros cultos paganos, como el de babilonios, persas y griegos; la estrictez de los preceptos de la ley religiosa son de base hebrea, y puede que tengan mucho que ver con el mantenido por las castas brahmánicas de la India, muy parecidas, pero de origen ario. La tradición levítica, el cabalismo, las costumbres religiosas, las fechas y hasta el folclore culinario de connotaciones religiosas consisten básicamente en características recogidas de otros cultos y otros pueblos. La “religión” judía, entonces, es del mismo modo que su “raza” un rompecabezas de piezas de distinto origen.
No hay claridad en la fe judía. Las castas de “saduceos”, que podríamos definir como las más “puras” y reaccionarias del fenotipo judaico, no eran creyentes ni en el alma ni en la vida después de la muerte. Nunca lo fueron, por cientos de años. Estas castas judaicas han culminado convertidas en la aristocracia judía de los rabinos de nuestros días, siendo claro que entre ellos se aloja intacto el llamado “gen de Aarón” que identifica al grupo genético de esta “antirraza”. Los “fariseos”, en cambio, poseen las creencias símiles a las del cristianismo contemporáneo, con esperanzas de vida eterna y una alternativa de inmortalidad. Estos últimos rasgos de religión han resultado claves para fomentar entre ellos la idea del “Pueblo Elegido” de Dios, con la promesa de vida eterna y privilegios por sobre todos los demás pueblos. Aun así, con las castas rabínicas como rectoras y pastoras del judaísmo, el comportamiento de este grupo será siempre el mismo de quien duda o carece del credo espiritual que le dé la tranquilidad de una promesa de vida después de la muerte.
Esto explica por qué el judío lucha desesperadamente para conquistar el poder material, especialmente el monetario. El judío es fundamentalmente eso: materia, sólo materia. De ahí un Karl Marx o un Milton Friedman. Nada se extiende más allá de la materia, porque la promesa del Dios que los ha elegido es sólo para la vida terrenal. La vida espiritual no está considerada. Por eso también, la fe judía mantiene rasgos salvajes y tribales de ejercicio religioso, como los sacrificios de vidas y una apetencia enfermiza por la sangre y sus supuestos poderes mágicos.
En todo esto nos queda de manifiesto que la “religión” judía es una expresión decadente de rasgos de cultos múltiples, pero muy efectiva. Se es más judío por la fe que por la raza, es cierto. De ahí el caso de los sefarditas, o bien de los marranos y los chuetas, que convertidos al cristianismo seguían siendo tan judíos de conducta y credo como antes. Sin embargo, el judío que renuncia a la religión, que deja de ir a la Sinagoga y que ya no visita al rabino, continúa comportándose, casi en el cien por ciento de los casos, de la única forma que sabe: como judío. Es tan fuerte la tendencia de su sangre, que aun renunciando a los lineamientos de su religión como patrón rector, los dictados de su inconsciente, individual y colectivo, continúan haciéndolo ser tal como es. Un religioso pro-cristiano como Torquemada, y un salvaje criminal ateo y materialista como Stalin, asesinos al punto de volcarse contra su propia raza, si se parecen entre sí es porque entre ambos hay, aún, una unión oscura: una abuela judía. Conscientes o no, y a pesar de su distanciamiento de la fe judía tradicional, ambos culminaron siendo marionetas de la gran conspiración, movidos “religiosamente” por los dictados de su sangre.
La religión, en estos casos, no bastó; o bien, no fue necesaria. En Israel las discotecas nocturnas se llenan de muchachos judíos los días sábado de cada fin de semana, a pesar de la estricta condición de que todo judío dedique la absoluta observancia religiosa ese día… Y aun así siguen siendo judíos. La religión es sólo una exteriorización del arquetipo judío y de su caos racial. Suponer que se es judío sólo por compartir los rasgos generales de esta fe es un completo error.
4.- “EL JUDÍO POSEE UNA HISTORIA PROPIA”
– ¡Cien veces falso! El pueblo judío es una de las comunidades humanas que menos valor histórico, arqueológico y antropológico le han dado a los libros de historia. Todo lo que se acepta por “histórico” dentro de la tradición hebrea, son meros pasajes bíblicos e historias de carácter religioso, algunas relativamente recientes, cuya autenticidad y legitimidad son abiertamente cuestionadas a la hora de tomarlas como antecedentes reales con respecto a otras materias. La Torah, equivalente al Antiguo Testamento de la Biblia, está plagada de errores históricos, inconsistencias, anacronías y combinaciones imposibles de sucesos supuestamente históricos, que guardan relación con las epopeyas del pueblo judío. No obstante, en una cobardía extrema -que refleja muy bien el estado de las cosas en las aulas académicas y culturales- se las toma por ciertas y reales a la hora verse ante la necesidad de reportar cualquier dato de historia sobre un pueblo que, precisamente, no la posee.
Por ejemplo: hoy sabemos que Egipto nunca tuvo esclavos; cuando mucho, sólo sirvientes, y bastante pocos. Esto se ha demostrado un centenar de veces y forma parte de la crónica oficial sobre el Imperio de los Faraones. De esto, deducimos automáticamente que la aventura de Moisés y su escape del Nilo con los judíos es absolutamente falsa. De hecho, cada vez hay más dudas de que el personaje Moisés haya tenido alguna relación directa con los judíos. Sin embargo, en las aulas escolares se han preferido dejar por auténticos relatos como los de los dibujos animados del director judío Steven Spielberg, en vez de las pruebas científicas contra esta brutal mentira histórica.
Del mismo modo, las demostraciones de la arqueología le han dado cada vez más razones a los verdaderos científicos para dudar no sólo de la relación entre hebreos y judíos, sino de todos los pretendidos rasgos históricos de su pasado, documentado sólo en los textos de carácter religioso, donde abunda de todo, menos la objetividad. Salomón, el famoso Rey, al parecer era en realidad un soberano de origen sirio o persa, planteándose incluso un posible origen Ario Oriental. El famoso Templo no sería, entonces, de origen judío, lo que explicaría la decoración y el aspecto absolutamente siriaco y mesopotámico de su arquitectura, a juzgar por las descripciones que de él se han hecho. Cada vez hay más pruebas de ello. La famosa Reina de Saba no era una etíope judía y negra, como muchos desearían representarla: figuras milenarias la muestran como una bella mujer blanca y cabellos negros, de ojos almendrados y rasgos mediterráneos. El rey Joachim o Joaquín era en verdad un nórdico, probablemente de las comunidades arias que emigraron hacia el medio oriente con los hebreos; esto explica que el nombre Joaquín, de origen innegablemente germánico, esté presente en uno de los reyes de Judá. El famoso “Éxodo” es un episodio tomado de las leyendas autobiográficas de las culturas caldeas; las doce tribus de Israel son en realidad las doce tribus arias que fundaron los hiperbóreos, según el mito, y que incluyen también la misteriosa desaparición de algunas de ellas. El candelabro sagrado o “menorah” es en realidad una representación estilizada del árbol Sagrado, del mito ario- mitraísmo, de modo que las leyendas bíblicas sobre las circunstancias de la creación de este símbolo no pueden ser tomadas por ciertas. El “Mesías” es el salvador prometido a Babilonios y Griegos, el “Kristos”… etc.
En nuestros días se ha dudado incluso de la autenticidad de Jehová, al advertirse por descubrimientos arqueológicos que la personalidad de esta divinidad parece haber sido sobrepuesta a la de un dios o maestro mucho más antiguo, al Yahvé verdadero, que tenía además una compañera llamada Ucera, con rasgos muy parecidos a los de la historia de Osiris e Isis.
En conclusión, el judaísmo no posee historia real, sino un cúmulo imperfecto de declaraciones y suposiciones históricas tomadas de fantasías religiosas y de la tradición real de otros pueblos con los que tuvieron contacto. No hay relación alguna entre los judíos y los imperios hebreos, ni con el famoso templo, ni con los soberanos. El judío jamás ha colocado una piedra sobre otra; no ha dejado un sólo cacharro, jarrón o cántaro hecho con sus manos; no ha registrado una escritura propia, una religión original o un imperio auténtico. Sus únicos logros arqueológicos se dieron durante la rebelión y la toma de Jerusalén, antes de ser aplastados por los romanos. En casi 4.000 años sólo consiguió fundar un país a medias en 1948, mantenido con dineros extranjeros, y durante todo ese período han vivido siempre a la sombra de pueblos mayores, curiosamente todos ellos de origen directa o indirectamente ario, que los han acogido. Una prueba de esta incapacidad es la obsesión de los académicos judíos por apropiarse de la tradición esenia tras el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto, que habrían sido un extraordinario antecedente del cristianismo esotérico y de la tradición aria oriental, si los estudios y los informes al respecto no fueran exclusividad de investigadores israelitas.
– He aquí otra de las atrocidades narrativas que se han hecho en torno a la historia de los judíos.
Hemos visto que los judíos como tales aparecen sólo durante el cautiverio en Babilonia que, dicho sea de paso, fueron extremadamente mejor, más cómodos y libres de lo que muchos han descrito. Esto sitúa su origen en Mesopotamia y no siquiera como una comunidad local, sino como la rama de un pueblo cautivo, en decadencia.
Los hebreos estaban establecidos en la zona del Canaán, hasta las orillas del Mar Muerto. Prácticamente, todos los vestigios arqueológicos importantes de la zona corresponden a pueblos hebreos. Al apropiarse de la tradición y de la historia hebrea, los judíos han inventado un nexo histórico con todo este lugar, supuestamente milenario y ancestral. Para ello, les ha resultado fundamental exagerar las afirmaciones del Antiguo Testamento que, como hemos visto, es sumamente impreciso y lleno de tergiversaciones.
Fue a partir de la “liberación” de los judíos por parte del Rey Ciro de los Persas, cuando estos invaden Babilonia, que este pueblo surgido del cautiverio se establece en la “tierra de sus ancestros”, o sea, en Israel, para lo cual debió combatir y segregar precisamente a aquellos “ancestros”, como cananeos y samaritanos. Viviendo sobre las ruinas de los pueblos hebreos originarios, los judíos se establecieron en el nuevo “imperio”, que no era ni la sombra de lo que fue el hebreo antes de la guerra con los babilonios, con ayuda de los ingenuos y siempre complacientes persas, quienes financiaron la campaña y hasta pagaron de sus erarios la reconstrucción del Templo de Salomón, reclamado por los judíos como “propio”. Esta intentona de refundación fue un absoluto fracaso. Ni siquiera el nombre del imperio era el mismo: de “Judá”, ahora se denominaba “Judea”.
Cuando los judíos traicionan a los persas aliándose a los griegos y ganándose la simpatía de reyes como Alejandro Magno, las dificultades del proyecto de establecerse en el territorio de Palestina eran tan grandes que se produjo un fenómeno de diáspora ya en ese entonces, cuando miles de judíos emigran a otras zonas del imperio griego, especialmente a grandes urbes culturales como Alejandría. Fue sólo con la invasión romana, cuando los judíos traicionan ahora a los serviciales griegos poniéndose del lado de los ejércitos de Roma, que los judíos se reconcentran en Jerusalén, junto al Templo, y continúan su repartición por el Canaán entre los restos de los hebreos originales que aún sobrevivían a la adversidad, como los Esenios de Qumrán. Es a penas en este período que los judíos dejan auténticos testimonios de su presencia histórica y sólo entonces podríamos hablar de una legitimación de su presencia en la actual Israel, pero después de que por allí pasaron hebreos, babilonios, persas, griegos y romanos. Agréguese a ello que el mismo territorio había pasado por períodos de absoluta dominación egipcia, árabe y otomana, sólo por mencionar a las principales. Mientras que los árabes palestinos ya habían dominado el territorio desde el año 636, los judíos jamás lo controlaron de manera independiente y su presencia sólo es un grano de arena en la zona. La distribución cronológica de las dominaciones de actual territorio de Israel puede repartirse de la siguiente manera:
LISTADO CRONOLÓGICO:

¿? A.C. – 2000 a.C. aprox……………….Hititas – Egipcios (tiempos pre-judíos)
2000 a.C. aprox. – 550 a.C. aprox….. Hebreos (tiempos pre-judíos)
550 a.C. aprox. – 538 a.C. aprox……. Babilonios (aparición de los judíos y “cautiverio”
538 a.C. – 334 a.C……………………….. Persas (bajo tutela, judíos establecidos en Canaán)
334 a.C. – 100 a.C……………………….. Griegos (bajo tutela, judíos distribuidos por el imperio)
100 a.C. – 313 d.C………………………… Romanos (bajo tutela, judíos concentrados en Jerusalén)
313 d.C. – 636 d.C……………………….. Bizantinos (judíos son minoría bajo dominación)
636 d.C. – 1091 d.C………………………. Árabes (judíos son minoría bajo dominación)
1091 d.C. – 1098 d.C…………………….. Selyúcidas (judíos son minoría bajo dominación)
1098 d.C. – 1291 d.C…………………….. Cruzados (judíos son minoría bajo dominación)
1291 d.C. – 1516 d.C……………………… Mamelucos (judíos son minoría bajo dominación)
1516 d.C. – 1917 d.C……………………… Otomanos (judíos son minoría bajo dominación)
1917 d.C. – 1948 d.C……………………… Británicos (judíos son minoría bajo dominación)
1848 d.C. – ¿? d.C…………………………… Judíos (por primera vez en dominación indep.)

Lo importante aquí es dejar en claro que la mayoría de los argumentos esgrimidos por la judería mundial para justificar su “posesión” sobre Israel, son más bien recientes, todos ellos emparentados con la obsesión sionista de fundar de una vez por todas una patria para los judíos y establecer allí a la diáspora, además de intentar fundir su historia tendenciosamente con la de los hebreos, para establecer así un antecedente de “dominación” del territorio previa a la de los árabes, quienes legitiman la dominación palestina con su presencia desde hace 1.500 años en la zona.
Sin embargo, lo que nunca se dice es que los fundadores del Movimiento Sionista no sólo habían evaluado la posibilidad de fundar su Israel en Palestina, como finalmente ocurrió, sino que además sortearon posibilidades de establecer su patria en Uganda y en la Patagonia Argentina. Para ambos casos, venían previstos de una serie de “argumentos históricos” tan ambiguos y dudosos como los que hoy han empleado para excusar su presencia en el Medio Oriente. Para Uganda, tenían preparada una larga campaña relacionada, probablemente, con la presencia del Imperio Etíope de los judíos africanos y la expansión nunca concretada de Etiopía sobre Uganda y Kenia, posición que sigue siendo sostenida por los judíos falashas de la región. Para el caso de la Patagonia Argentina, en cambio, venían algunas leyendas de tribus de Israel perdidas en la América Precolombina y que se habrían establecido en la zona, apoyándose además en la denominación de “El Canaán de la Patagonia”, nombre dado a la zona de Chubut por los marinos portugueses, pero, según los judíos, que correspondería en realidad al nombre dado por sus ancestros en tiempos remotos.

Fuente: http://supervivientes.blogcindario.com/

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