sábado, 30 de abril de 2016

AUGUSTO LA CRUZ | Nicolás el reposero



Podría decirse que un golpe de suerte puso a Nicolás Maduro en la primera magistratura nacional. El haber sido ungido como su sustituto, por el propio Hugo Chávez en etapa terminal, fue realmente un regalo de esos dioses hinduistas en los que creen fervorosamente el presidente obrero y su consorte, la llamada primera combatiente.
Tras unas elecciones muy poco transparentes, un buen día amaneció Nicolás investido como Presidente de la República. Eso lo logró sin poseer liderazgo alguno, con una muy escasa formación académica e intelectual, y hasta sin haber previamente labrado una destacada carrera política a pulso propio, sino siempre montado en el portaviones electoral del extinto presidente. Solo hizo granjearse la confianza de Chávez, de los tenebrosos ancianos Fidel y Raúl Castro, y el resto es historia.
Pero lamentablemente esa notable impericia presidencial, tan mezclada con visos de irresponsabilidad, nos está saliendo demasiado cara a los venezolanos.
Nicolás, en razón a sus exiguas habilidades gerenciales, ha ido surfeando los terribles problemas que aquejan al país con una pasmosa inercia. Son tres años de la gestión gubernamental más desastrosa que se recuerde, donde no se toman en área alguna de la vida nacional las decisiones juiciosas, con criterios profesionales y acordes al sentido común que han debido asumirse con urgencia hace años. Y los resultados son más que evidentes. Un examen superficial de los principales males que aquejan al país, y a la manera oficial de abordarlos, deja muy, pero muy mal parado al gobierno.
Basta intentar entender la decisión de paralizar tres días a la semana el voluminoso aparato del Estado, supuestamente para contribuir al ahorro de energía eléctrica. Muchos nos preguntamos cómo al primer mandatario de una nación que está siendo consumida por una galopante inflación, una brutal inseguridad, una crónica escasez de alimentos, medicinas y bienes básicos, terribles limitaciones de agua y electricidad, entre otras complicaciones, no se le ocurre mejor idea que ir reduciendo progresivamente el horario laboral del sector público, hasta el punto de mandar a dos millones y medio de trabajadores a sus casas los días miércoles, jueves y viernes. Para más, la medida es extensiva a los planteles de educación inicial, media y básica, tanto públicos como privados, que aglutinan a unos 7 millones 800 mil niños y jóvenes, de acuerdo a datos oficiales.
Según esta disposición, que duraría inicialmente un par de semanas, los integrantes del sector gubernamental apenas trabajarán dos días a la semana: lunes y martes. Dieciséis horas en total. Eso sin contar que fortuitamente se atraviese en ese par de días un corte programado de electricidad que le reduzca otras cuatro horas a la jornada.
Para los expertos en asuntos de electricidad, esta solución de dar tres días libres es ineficiente, debido a que sencillamente el consumo eléctrico se traslada, y puede que hasta se incremente, de los edificios públicos e instituciones educativas a las residencias de trabajadores y estudiantes. ¿Supondrá realmente Nicolás que toda esta gente, que suman casi diez millones, se mantendrá en sus casas eximida de encender los aparatos de aire acondicionado, lavar ropa, planchar, ver televisión y abrir la nevera?
Es frecuente escuchar que Maduro, en sus días de chofer de autobuses en el Metro de Caracas, era un sindicalista reposero. Que le encantaba echar carro. Tal vez sea por esas viejas mañas que al Presidente no pareciera preocuparle la cantidad de horas/hombre que se pierden con su cuestionable medida. Puede que tampoco haya calculado el costo mil millonario de esos días declarados como de asueto. Ni siquiera pensará en el retraso que su propia gestión de gobierno va a sufrir con tantos días libres. Mucho menos imaginará cómo se congelarán los incontables trámites que los ciudadanos deben hacer ante los organismos oficiales.
Hasta pensarán algunos que a Maduro ya no le importa nada, ni el país ni el pueblo, pues está consciente de que, según el más reciente estudio de la empresa Venebarómetro, 68% de los venezolanos (siete de cada diez) está a favor de que él salga del poder lo más pronto posible y haya elecciones presidenciales. Quizá eso justifica tal derroche de indolencia, tantos desaciertos seguidos que no resultan lógicos.
Sin embargo, para muchos críticos al gobierno, acostumbrados a buscar siempre más allá de lo aparente en la lógica revolucionaria, justamente tan extraña decisión tiene sus motivos ocultos, entre ellos tratar de retrasar en lo posible el Referendo Revocatorio impulsado a toda máquina por la Mesa de la Unidad Democrática. Tan enérgica y aceptada es la propuesta de revocar al gobierno que, en apenas los dos primeros días de recolección de firmas para hacer la solicitud formal del revocatorio contra el presidente, se contabilizaron más de un millón 500 mil. El Consejo Nacional Electoral estableció el requerimiento en 195.721 firmas (1% que exige la Constitución), por lo que la oposición obtuvo en pocas horas 8 veces más la cifra que necesitaba.
Al meterle el freno de mano al ritmo del país, destinándolo a una forzada casi paralización del aparato burocrático, Maduro sabe que puede ganar tiempo frente a una oposición que está enfocada en lograr cuanto antes la salida constitucional y pacífica de este régimen. Los lapsos legales establecidos para el cumplimiento de cada una de las etapas del revocatorio se cuentan en días hábiles. Se podrán imaginar cómo se alargarían dramáticamente las esperas si en una semana sólo hay apenas dos días laborales.
Si a esto se le suma lo remolones que están Tibisay Lucena y su combo del CNE para llevar adelante este proceso, que puede poner fin al gobierno de sus jefes, entonces podemos evidenciar que entre tanta oscuridad el gobierno sí tiene bien claro su propósito de mantenerse, contra viento y marea, enquistado en el poder.
Así las cosas, en un futuro cercano, cuando salga del poder como seguramente saldrá, a Maduro puede que nadie lo recuerde como un buen gobernante, que hizo buenas cosas por el país; no obstante, muchos lo recordarán mordazmente como el presidente que más días de asueto decretó durante su pavoroso mandato.
@AugustoLaCruz|Periodista

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